La gran noche de Aníbal Terán

25/07/2013- Acá recordamos aquella histórica noche del 2006 que consagró al jugador Verdinegro en La Naranja.




Tucumán respira en profundidad su sábado a la noche y bajo un cielo estrellado que se mezcla con el frescor de los árboles que la rodean, la “Caldera del Parque” se va poblando lentamente de almas enfermas por el cuero ovalado. Las caras tensas de los viejos sabios del rugby, no contrasta con la de los jugadores naranjas que dentro del vestuario ultiman detalles, porque saben que tienen una parada más brava, que tiene nombre y apellido: Buenos Aires.

“Hoy va a estar complicado. Los porteños traen un equipo para dar mucha batalla” apunta un veterano espectador que peina canas y exhibe en su rostro marcas de saber lo que significa batallar ante las “Águilas”.

Otro experimentado en el tema le contesta retrucándole “Pará, mirá también a Tucumán. Pone un buen equipo en cancha y tiene con qué batallar. Aparte juega Aníbal Terán, que le hace tries a todo el mundo”.

Mientras los dos se mezclan en una charla de previa tan común, en el vestuario tucumano, 15 almas se juramentan hasta la locura dar todo y más durante los ochenta minutos. El relato postal es casi un ritual cada vez que los “Naranjas” convocan y las imágenes parecen ser idénticas. Vendedores de choripán en la entrada a la cancha dejan ese aroma que invita a dejar la dieta por un instante, los que ofrecen de todo al grito de “Gorro, bandera y vincha”. Las promotoras de ajustadas calzas que sonríen mientras los juveniles lo que menos hacen es mirarles los dientes y ese puñado de changuitos que llegan a ver a sus ídolos para después del partido manguearles las medias. Todo es murmullo y encuentros, hasta que el pitazo del árbitro cordobés rompe con su llamado y los equipos saltan al campo de juego.

Mientras los periodistas anotan y se desangran de laburo en la tinta de una bic. Los fotógrafos ajustan detalles con tal de tener las mejores placas para sus medios.

Cuando la pelota vuela por el espacio y ya no hay más tiempo para palabras, Aníbal va ingeniándoselas para imponerse con sus… ¿70 kilos? Si, para muchos está loco y se equivocó de deporte.

Casi oculto en su casco, el pequeño wing aparece poco en juego durante los primeros minutos. Los backs casi no la tocan y la temperatura del partido la manejan los forwards. Allí se cocina todo, y es un propio jugo, el pack tucumano busca que la camiseta naranja se haga respetar y se transpire.

Incesante y casi eléctrico, el impaciente Aníbal busca entrar el juego. “¡Boga, Boga….voy, voy!” le grita a Diego Ternavasio que lucha en el abismo de un scrum y saca una patada al cajón que Terán busca, pero es capturado por el wing y el fullback. El partido se hace de ida y vuelta, pero Buenos Aires es un poco más desde lo que propone con su velocidad y marca puntos por todas las vías porque es efectivo. La temperatura sube cuando las “caricias” llegan y los rocen son cada vez más fuertes. Tucumán perece no encontrarle la vuelta para bajar el vuelo ascendente de su rival. El aliento de la gente llega como bendición y allí el equipo parece despertar.

Aníbal, que había estado poco participativo recibe la pelota casi al filo del touch, pisa para adentro y hace pasar a un segunda línea pero no puede con un tercera que le tira toda la carrocería encina y lo siembra en el césped. “¡Uhhhh!” se escucha en las tribunas. “¡Lo mató, que tackle!” expresa un niño. Entra el cuerpo médico tucumano, pero no hace falta. Aníbal se reinventa y emerge de pie, ante el primer aplauso que la gente tendrá para él.

Con el marcador abajo y con mucho por mejorar, Tucumán comienza a jugar “su partido”.  Tristán Molinuevo va manejando los hilos, cual titiritero que quiere contar una gran historia, mientras el “Negro” Centurión mira y juega  con un solo ojo, porque el otro lo tiene en compota.

Cuando la música de los suspiros parece tocar la melodía de los impacientes, Aníbal le va poniendo el turbo a los botines y su velocidad hace levantar las tribunas en dos jugadas magistrales de tryque cambian el destino del match. La primera es digna para llamarlo ladrón. El wing Francisco Merello espera un pase desde el fondo y la réplica de las “Aguilas” parece ser letal. Cuando recibe el pase y sus manos tocan la pelota, pero no la controla totalmente, Terán se la roba y tiene la desfachatez que cambiarla de mano mientras imprime el botón rojo de su velocidad. Ahí las tribunas se levantan y observan como el número 11 “chorea” un try casi imposible. La locura llega en gritos y Buenos Aires siente el golpe del carasucia.

“¡Se puede, se pude…vamos que se puede!” grita el gordo Le Fort y “Caco” Molinuevo a sus jugadores y le dan indicaciones a Galindo, que capitanea con ansias de llegar a buen puerto un barco que no quiere terminar como el Titanic.

La otra jugada es por el mismo canal, pero en diferente hora. Un par de minutos más tarde el pack tucumano arremete por la izquierda. El tiempo se va acabando. El equipo sigue atacando hacia el ingoal que da a la avenida Gobernador del Campo. Un maul se vuelve ruck y la “Boga” cruza un kick a espaldas, ¿de quién? De Merello, que salía a marcar de punta y con cara de querer comérselo buscaba a Aníbal para tirarle todo su arsenal de su lomo. La pelota lo pasa y cuando quiere volver es tarde. Una ráfaga de velocidad naranja vuelve a levantar las tribunas y a paralizar los corazones. Como  perro de cazador que busca la presa de su amo, Terán vuelve a quedarse con una pelota que vale un partido y aterriza en el ingoal para desatar la locura. Lucas Barrera Oro se le tira encima y llegan los abrazos. Aníbal es pequeño un gigante a la vez. Mira al cielo y dedica el try a su vieja. Luego dibuja una “S” en el aire, para la destinataria de su conquista y recibe miles de gritos desgargantados que son uno solo: “¡Tucumán, Tucumán!”

La Naranja gana y la noche se cierra de juego, para abrirse nuevamente el tercer tiempo. Mientras las tribunas se van despoblando y los cancheros retiran los cubre palos. Aníbal sale del vestuario con su pelo mojado. Bolso en mano atiende a la prensa, se saca un par de fotos y saluda a su familia mientras regalas sus medias a un chico que insiste en levarse algo del héroe de la noche.

Los dos mismos veteranos experimentados que peinan canas y que antes del encuentro habían “jugado su partido” en la tribunas lo saludan. “Yo jugué de wing toda mi vida y nunca vi uno como vos” le dice uno de ellos. Aníbal se ríe y agradece las palabras porque reconoce al señor que le habla y conoce sus galardones.  “En serio chango”- replica el hombre. “Lo que hoy hiciste fue magnifico, sos el último wing que queda en Tucumán” añade. “¿Sabes por qué? No es lo mismo ser wing, que jugar de wing” culminó el sabio antes de saludar y marcharse lentamente para tomar café con sus viejos amigos del rugby.

Aníbal agradeció nuevamente, lo miró con respeto y se fue sonriendo para seguir jugando en el tercer tiempo…y tomar algo con Merello.

Fuente: tercertiempoNoa.com.ar