Alejandro Frias Silva, alias Drusky

Dentro de las leyendas del Rugby tucumano, ocupa un lugar de privilegio la figura de Alejandro Frías Silva, conocido como Drusky. El apodo le venía por su padre, quién gustaba poner diminutivos: así Alejandro era Alejandruski...


foto: Drusky Frias Silva y Keko Frias.

De contextura menuda, tenía una agilidad felina y el juego de manos y de cintura más exquisito que se recuerde.
Para sus amigos: 'su alegría para jugar, era igual a su alegría para vivir”. Era un caballero dentro y fuera de la cancha, siempre limpio y generoso.
Su especialidad era la de 'dejar pagando” a toda la línea contraria con amages de prestidigitador. Anunciaba la jugada para un lado y se escabullía para el otro en un abrir y cerrar de ojos.
Sus capacidades físicas también eran admirables: Roberto Terán Vega, quién profesa una gran admiración y cariño por la memoria de Alejandro, cuenta que en un scrum casi encima del ingoal contrario, alzó la pelota, recuperada por el ocho de su equipo y literalmente voló por encima de la formación del scrum para anotar el try.
Tenía una picardía única para armar jugadas en momentos donde los espacios parecían cerrados.
Julio Paz nos decía que Frías Silva cumplía con las tres características esenciales de cualquier medio escrum que se precie de tal: 1) Inteligencia en la distribución del juego 2) Habilidad en el manejo de la pelota, sumado a la velocidad y longitud del pase. 3) Lectura de la cancha y técnica. Es que  Drusky veía el juego de manera sutil para taladrar la línea contraria.
Asimismo imponía su mando y lideraba las cargas. Se recuerda de él lo explosivo que era desde la misma base.
Keko Frías rememora que Alejandro podía dar un pase a treinta o cuarenta metros de la forma más natural del mundo, como si no le costara esfuerzo el hacerlo.
También era un takleador formidable, característica de aquella camada de jugadores de Tucumán Rugby, y podía jugar en cualquier puesto que se lo necesitara.
Fue un hombre muy querido ya que tenía una personalidad solidaria y afectiva, siempre fue el conciliador del equipo y sabía levantar el ánimo de los muchachos gracias a su humor contagioso. De alguna manera, era el alma mater del grupo.
Claro que también vivía el partido de forma vehemente, aunque no se le conocieron malas intenciones en el juego.
Podía patear drops con las dos piernas y tenía la característica de manejar a su antojo el scrum aún retrocediendo.

José Nicanor Posse nos contaba, que lo vio jugar ya grande, en un partido de segunda división en el que jugó luego de más de veinte años de haber dejado las canchas. Prácticamente sin entrenar, 'descoció” la pelota con jugadas increíbles, lo que demostraba que su talento no se había apagado con el paso de los años. Al poco tiempo, una seria lesión le hizo abandonar definitivamente la práctica del Rugby.
De chico había jugado en Cardenales, llevado por los Martínez Pastur. Luego estuvo en el grupo inicial de Lince, junto a otros muchachos que pronto jugarían en Tucumán Rugby, el que fue su club para el resto de su vida. Allí jugó en primera división más de diez años, alternando también con el Seleccionado Tucumano de Rugby, en el cual escribió también páginas de gloria.
Para muchos de sus contemporáneos, Alejandro Frías Silva ha sido uno de los mejores jugadores que pisaron una cancha tucumana. 

Isaias 'Yita” Nougués por ejemplo escribió:
'Podría recordar  la excelencia de su pase rápido, largo y preciso...su repentización que le permitía anticiparse en cualquier jugada... su coraje y habilidad que lo transformaban en un fantasma escurridizo difícil de tacklear...Podría también asegurar que fue el mejor medio-scrum argentino de todas las épocas. Alejandro, a diferencia de todos nosotros, no tuvo que aprender a jugar al rugby: él ya lo sabía; iluminaba los partidos con su calidad que desbordaba a nuestro medio, hasta alcanzar las dimensiones del recordado Yves Bergougnan medio scrum del seleccionado francés de los 50.
'También rememorar sus jugadas sorprendentes y, sin embargo, no expresaría lo que hacía de Alejandro un ser diferente: optimismo y simpatía; generosa bondad proyectada en su afecto por el otro, circunstancial adversario y espejo donde el desparpajo del  talento reflejaba su placer de recrear la belleza de un juego del que supo encontrar  los caminos secretos que tan sólo recorren los elegidos.
La oportuna precisión de su pase era siempre la invitación a seguirlo en la aventura que acababa de inventar...”

Cacho Valdez escribió acerca de Frías Silva: 'Alejandro fue uno de esos virtuosos, de esos seres designados por la naturaleza para transformar la torpeza en belleza. Una carrera vulgar, un salto o cualquier manifestación corporal, en un recurso pleno de plasticidad y buen gusto.”
'Era placentero verlo en acción porque lucía hábil, ágil, vivaz, intuitivo e inteligente; porque repartía las cosas en la cancha con sabiduría y equidad: demasiado para el equipo, mucho para él, y muchísimo para el público que gozaba con la esperanza cierta que prontamente aparecería su genio creador para vindicar la felicidad con una de sus acciones extraordinarias. Hecho clásico era que, pelota que echaba en un scrum dentro de las veinticinco adversarias, llegaba para asentarlas en el ingoal, luego de un elegante esguince o de alguna cabriola inventada por su inacabable genio.”
Para Valdez: 'Alejandro Frías Silva fue un niño grande, excepcionalmente bueno. Es nada fácil vivir 59 años en estado de pureza espiritual y muy reconfortante para mí, haber conocido esa persona, que, con total naturalidad, mostraba tan excelsa virtud. Que además y para nuestra satisfacción fuera jugador de Rugby y que como tal, es claro que competía, pero siempre luciendo. Que ganaba sí, pero ¡que lindo ejemplo de deportista era cuando aceptaba la derrota!. Diría casi con alegría mostrando tal actitud, su grandeza, al compartir la felicidad del adversario ocasional.
Su abrazo era cierto, acostumbraba a acompañar algún circunstancial adversario amigo, en su paseo final desde el interior del campo de juego hasta sus límites, compartiendo con franqueza su momento. Emotivo sin par, lindo niño, lindo hombre.     Dios, que por omnipotente, tanto nos da y también tanto nos quita; en privilegiada platea ha de gozar hasta el fin de los tiempos, de una fiesta de Rugby celeste, con la principal actuación de Alejandro, el Gordo Ghiringuelli y otros, que ya le pertenecen definitivamente.”

Era asimismo un hombre auténtico, que gustaba improvisar en todo. Después de la temporada de Rugby, se dedicaba al golf, deporte en el cual tuvo también satisfacciones. Cierta siesta, durante una semana de verano,  fueron con su primo Pepe Terán a jugar un partido a la cancha del Jockey. Como había llovido el día anterior, se dieron con que el hoyo 9 ( a cuyo costado pasaba desde siempre una acequia) estaba inundado: ¡pero había que jugarlo igual!, así que en calzoncillos, se metieron al agua. Claro que no advirtieron que atrás venía jugando el Dr. Jorge Nougués ( tío de ellos), quién de inmediato pidió la suspensión temporaria de estos osados golfistas…
Alguien escribió aquello de que 'no muere quién deja recuerdos”.En el caso de Alejandro 'Drusky” Frías Silva, en la memoria de sus amigos, de sus familiares e hijos, continúa aún vívido el disfrute de su existencia plena. De ello es sobradamente testigo su hijo Alejandro (también conocido como Drusky) quién jugó en todas las divisiones del club, dejando siempre en alto el nombre ( y el apodo) heredado. También sus nietos, quienes han comenzado a disfrutar el Rugby, deporte que convirtió a su abuelo en un mito difícilmente igualable en el Rugby tucumano.